Manifiesto

LA SOCIEDAD Y LA FAMILIA QUE AMPARAN EL ESTADIO DE PODER DE UN FEMINICIDA

Richard Choque ha sacado a luz estas últimas semanas la verdad incómoda que vivimos las mujeres bolivianas a diario, una verdad que se la trata de poner debajo de la mesa, pero que resalta por su gravedad y magnitud:

¿Que nos matan? Sí, todos los días

¿Que nos violan? Sí, sin importar nuestra edad

¿Que no encontramos justicia? Sí, el calvario diario de miles de familias bolivianas, sin consuelo.

¿Que nos desaparecen para traficar con nuestros cuerpos? Sí, somos una mercancía más del capitalismo.

Hoy, nos aterramos porque descubrimos nuestros propios cuerpos enterrados en el patio de un asesino en serie y se abrió la puerta de la indignación.

Nuestras madres, agarradas de las fotografías de quienes fuimos en vida, decidieron pasar al domicilio del feminicida, para tratar de hallar alguna respuesta de ese hecho que hace años ya les quitó el aliento.

Limpiándose las lágrimas del rostro buscaban entre montañas de ropa, alguna pista que pueda delvolverles algo de dignidad en esta vida, mientras chocaban codo a codo con otra madre que hacía exactamente lo mismo.

Lo hacían mientras tenían que contener al policía que les pedía que dejen de “manchar” las “evidencias”, las mismas que nunca antes habían tenido tanto valor, como para que se dignen a iniciar una investigación seria, hasta que la burbuja estalló.

Mientras esto pasaba, mi vecino, el que golpea todos los días a su mujer se indignaba ¿Cómo puede existir esta gente? Al mismo tiempo, mi primo el que trató de abusar de mí hace muchos años, posteaba la próxima noticia sobre el caso del “psicópata serial”; mi tío, el que hace chistes sexistas en las reuniones decía: “acaso no tiene madre”? Sí, todos ellos de repente parecían sorprendidos, yo me sorprendí aún más cuando ví que ellos se sentían tan distintos a Richard.

De repente los titulares de la prensa ya no hablaban de: “joven fue presuntamente violada por ir a fiesta” (poniendo siempre en duda lo que nos sucede y justificándolo con criterios morales del que debería ser el comportamiento de una “señorita”); en cambio ahora titulaban: Richard Choque Flores: el perfil del psicópata sexual y desalmado asesino serial de Bolivia, de repente parecía que nuestras vidas comenzaban a tomar algo de importancia, pero ¿Era por nosotras? O era más bien el morbo de la situación que sí subía raiting a sus medios, más aún cuando decidían no nombrarlo por lo que era: “un feminicida” y preferías llamarlo: “psicópata serial”.

La casa de Richard se convirtió rápidamente en un monumento de lucha y disputa, con una fila de policías armados que resguardaban la casa, mientras los vecinos y las madres de los desaparecidos intentaban ingresar para destruir el lugar. ¿Cuál fue la verdadera disputa acá? Nunca había visto tantos policías juntos defendiendo mi cuerpo, como los vi defendiendo esta casa.

Sin embargo estos hechos sólo fueron el justificativo perfecto para que el racismo fuertemente anclado en Bolivia saliera a luz: “estos alteños salvajes no entienden” escribía el clasemediero cómodo desde su casa, mientras le costaba diferenciar entre la herencia cultural de la Justicia Comunitaria y el Derecho Ordinario.

Supongo que nunca tuvieron que llorar el cuerpo ausente, de un desaparecido…

La tía que se alarmaba cuando escuchaba la palabra feminista porque decía que esas desvergonzadas eran machumachus que odiaban a los hombres, comenzó a cuestionarse por la seguridad de mi prima, sí “la bien portada”. Si no hay justicia qué vamos a hacer con esta inseguridad? Decía… Mientras pasaba de canal para ver la telenovela turca.

Pensaba dentro de mí que esa tía nunca había analizado que por las luchas de esas feministas su hija estaba pronta a graduarse como licenciada, porque más allá de los “bien portada” que fuera, tuvo el derecho de poder estudiar, derecho que le fue concedido por nuestras abuelas las “malportadas”.

Luego los titulares decían que Richard ya había tenido una sentencia el 2013, pero que fue dado en libertad y que su expediente se habría perdido, el sistema judicial era cómplice y no parecía ser ninguna novedad. En eso, mis amigas “las feministas” ya estaban convocando a una marcha, le mostré a mi tía la convocatoria, por primera vez ella pensó que deberíamos ir, luego la posteé en mis redes y mi primo le dio un like.

Hoy, mientras marchábamos, mi hija me contó que nuevamente escuchó que el vecino golpeaba a su mujer, mi tío volvió a publicar algo como que el lugar de las mujeres es el la cocina y mi prima la que saldrá licenciada dijo que esto no les pasaría las chicas si no fueran tan inocentes y desinformadas.

Yo marché, mientras me carcomía la rabia de saber que aún tenemos muchos Richards sueltos y a nuestro al rededor, marchaba con lágrimas en los ojos al ver a la madre que gritó hasta quedar sin voz, marchaba y abrazaba a mi amiga “la feminista” porque sabía que aún nos queda un gran recorrido por luchar, pero también lloraba porque sé que no claudicaremos ni un sólo día, para destruir cada sostén en esta sociedad que a base de hipocresía ha mantenido a todos y cada uno de los feminicidas en sus estadios de poder.

Autora: Jazmín Valdivieso