¿Empresariado de izquierda?

Escrito por Gabriel Rodriguez Olivera
El empresario no vota por la izquierda o por la derecha, vota por quien mejor les conviene en ese momento. En los últimos años de la historia boliviana el empresariado ha jugado con Dios y el Diablo, sin embargo su participación en el Golpe de Estado ha demostrado ver a que lado y con quienes prefiere trabajar.

Si bien los empresarios en cualquier país de cualquier parte del mundo son una pieza fundamental para la organización y estructuración económica, con una pieza de mucho cuidado. Como buen negociante, ve el ofrecimiento de las alas políticas para ver cual le conviene y por cual apostar (a medias, siempre invertirán en los dos bandos). En los últimos 50 años hemos visto un cambio de paradigma del pensamiento empresarial, si bien antes apoyaban regímenes dictatoriales o estados de ultra derecha y conservadurismo fueron para conversar los derechos de propiedad, coptar el estado y minimizar al estado obrero; paulatinamente con la vuelta de la democracia y la muerte del neoliberalismo y toma del poder por parte de la izquierda en diversos países latinoamericanos, los empresarios han obtenido un papel más importante donde pueden definir desde diferentes políticas gubernamentales hasta la gobernabilidad de un presidente a través de sus oligopolios y medios comunicacionales creados por ellos. Esto ha transformado al empresariado en otro poder y que ha engendrado distintos personajes políticos.

En Bolivia la estirpe político-empresarial ha sido mayormente de caracter oriental (Max Fernandez, Ivo Kuljis, Jose Luis Camacho Parada, Óscar Ortiz entre alguno de los más importantes), perteneciente al agro, tecnología, ganadería o comercio y que ha tenido una vinculación directa con la derecha y sus diversos matices y bloques. Los primero años de Evo en la presidencia fueron duros, instituciones como la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia o la Cainco lo tenían como primer enemigo, sin embargo con el pasar del tiempo tanto como el empresariado llegaron a consensuar muchas acciones de manera conjunta para poder coexistir en cierta armonía (una manera muy cortes de decir «hemos tenido que centralizar ciertas cosas»). Es así que podemos contrastar a un Evo odiado por los empresarios en su primera gestión a un Evo siendo recibido y aplaudido en la Fexpocruz u otras ferias promovidas por el empresariado.

Para finales del año 2019 hemos visto que a pesar de cierta armonía generada con el gobierno de Evo, el empresariado siempre va a preferir co gobernar con la derecha. Si bien muchos de los bloques empresariales no apoyaban a Camacho y su fascismo arcaico, vieron que sería buen momento retomar ciertos puntos quitados por el estado y conquistar otros. El mejor ejemplo siempre será Marcelo Claure: de amigo de Evo para que noviembre del 2019 le pida su renuncie y posterior felicitación a Jeanine Añez por su asunción antidemocrática.

Con ello puedo responder con un contundente «No» a la pregunta que hice como título para mi nota. Para que un empresario entienda nuestro país primero debe convertirse y vivir como obrero, caso contrario será imposible comprender a Bolivia.

Vemos ahora que algunos países latinoamericanos buscan generar estas alianzas con el empresariado para mantener gobernabilidad a pesar de sacrificar parte de su ideología. Peligroso ese camino ya que la centralización de cualquier revolución lleva al aburguesamiento de liderazgos y con ello a su fin. Estas acciones en Bolivia serían las mismas que armar un gran puente y cruzar el gran río de sangre hecha por los héroes del Gas, Sekata, Sacaba y el Valle de las Flores.

Con esto no digo que debamos eliminar al empresariado, pero debemos tenerlo bien limitado y con las reglas bien claras sobre quien es el personaje político, histórico, social y político que maneja nuestros países: El Pueblo.